Laura llegó a consulta después de su tercera ruptura en cinco años.
Distintos chicos. Distinta historia de fondo. Pero el mismo final: ella poniéndolo todo, él sin terminar de aparecer del todo. Siempre a medias. Siempre con una excusa que sonaba razonable.
“Es que yo elijo fatal”, me dijo nada más sentarse.
Le pregunté que qué entendía ella por “elegir bien”. Se quedó callada un momento. Y luego dijo algo que me pareció muy honesto: “Supongo que alguien que me quiera de verdad. Pero es que cuando alguien así aparece… me aburre. No lo entiendo.”
Yo sí lo entendía.
Lo que Laura llamaba “aburrimiento” era, en realidad, la ausencia de tensión. Y esa tensión —el no saber si le gustas, el tener que ganarte el cariño, el estar siempre un poco en alerta— le resultaba familiar. Era lo que había aprendido que se sentía el amor.
No porque fuera masoquista. Sino porque era lo que conocía.
Eso es lo que hace la autoestima baja sin que te des cuenta: convierte lo que te hace daño en algo que reconoces como tuyo.
¿Alguna vez has mirado atrás y pensado “¿cómo acabé ahí?”
No fue casualidad. No fue mala suerte. Fue lo que, en ese momento, creías que merecías.
Eso duele leerlo. Pero entenderlo cambia todo.
¿Por qué siempre acabas con el mismo tipo de persona?
Puede que sean distintas caras. Distintos nombres. Pero el patrón se repite.
Alguien que no está del todo disponible. Alguien que te da calor y luego desaparece. Alguien a quien tienes que demostrarle constantemente tu valor.
No es una maldición. Es que tu autoestima actúa como un filtro invisible que decide, antes de que tú te des cuenta, quién encaja con tu imagen interna de lo que mereces.
Si en algún lugar profundo sientes que no eres suficiente, vas a encontrar —y a quedarte— con personas que confirman eso. No porque seas tonto o tonta. Sino porque lo familiar, aunque duela, se siente como casa.
Lo que conociste de pequeño, lo que viviste como “normal” en tus primeras relaciones, deja una huella. Y esa huella guía tus elecciones sin que lo notes.
Cuánto aguantas dice mucho de cómo te ves
Piénsalo un momento.
¿Cuántas veces has justificado algo que, a una amiga, le dirías que es inaceptable?
– Que no te responda en días y luego actúe como si nada
– Que minimice lo que sientes
– Que solo aparezca cuando le conviene
– Que te critique delante de otros
– Que te haga sentir que pides demasiado por querer cosas básicas
No lo aguantas porque seas débil. Lo aguantas porque una parte de ti piensa que eso es lo que hay. Que si exiges más, te quedas solo o sola. Que eres “demasiado”. Que quizás el problema eres tú.
Eso es la autoestima baja hablando. Y habla muy fuerte.
La tolerancia al mal trato no es fortaleza. Es una señal de que el listón de lo que crees merecer está demasiado bajo.
La trampa de necesitar que alguien te complete
Hay una diferencia enorme entre querer a alguien y necesitar a alguien.
Cuando la autoestima flojea, la pareja deja de ser una elección y se convierte en una necesidad. Necesitas su validación para sentirte bien. Necesitas que esté para saber que vales. Necesitas su aprobación para tomar decisiones.
Eso se llama dependencia emocional, y es agotador para los dos.
Para ti, porque vives en alerta constante: ¿está contento conmigo?, ¿le he hecho algo mal?, ¿va a seguir queriéndome? Tu bienestar depende de alguien externo, y eso es la inestabilidad total.
Para la relación, porque ninguna persona puede ni debe ser tu fuente principal de autoestima. Cuando alguien tiene ese poder sobre ti, la dinámica se tuerce: aparecen los celos, el miedo al abandono, la necesidad de control o, al contrario, la entrega total a costa de ti mismo.
No es amor enfermizo. Es herida buscando cura en el lugar equivocado.
Entonces, ¿cómo cambia esto?
No de un día para otro. Y no solo “queriendo más”.
Pero sí hay cosas concretas que empujan en la dirección buena.
Primero: aprende a identificar cómo te hablas a ti mismo o misma.
Ese ruido interno que dice “soy demasiado”, “siempre la lío”, “quién me va a querer a mí”… es el guión que luego buscas que alguien confirme. Hacerlo consciente ya lo debilita un poco.
No se trata de pasarte al autoengaño positivo. Se trata de empezar a cuestionar si esa voz tiene razón de verdad.
Segundo: practica poner límites pequeños.
No hace falta empezar por los grandes. Empieza por decir que no a algo sin disculparte veinte veces. Por no responder de inmediato cuando alguien espera que estés siempre disponible. Por expresar lo que necesitas aunque sientas que “molesta”.
Cada límite que pones es un mensaje que te mandas a ti: mis necesidades importan.
Y cuando eso empieza a calar, cambia el tipo de relaciones que toleras. No porque alguien te lo explique, sino porque algo en ti ya no encaja con lo de antes.
La autoestima no es un interruptor. No se activa de golpe. Se construye despacio, con pequeñas decisiones cotidianas que van diciéndote que eres alguien que merece respeto, cuidado y presencia real.
Y cuando empiezas a creértelo, dejas de buscar a alguien que te lo demuestre. Empiezas a elegir a alguien que ya lo sabe.
Antes de cerrar
Si mientras leías esto has pensado “esto me describe a mí”, quiero que sepas algo: que lo veas ya es mucho.
No todo el mundo llega a ese punto. Muchas personas siguen años repitiendo el mismo patrón sin preguntarse por qué. Tú ya te lo estás preguntando.
Eso no se hace solo. Y no tiene por qué.
En terapia trabajamos exactamente esto: de dónde viene esa imagen que tienes de ti, qué patrones ha creado en tus relaciones, y cómo empezar a cambiarlos desde algo concreto, no desde frases bonitas.
Si te has sentido identificada, cuenta conmigo. Sin juicios ni reproches.
Y si quieres verlo con alguien, esto es la terapia para la autoestima: cómo trabajo, y qué esperar.
