¿Te has preguntado alguna vez si tú tienes la autoestima baja?
Si la respuesta rápida ha sido “no, yo funciono bien”… sigue leyendo.
Cuando alguien dice “tengo la autoestima baja”, la mayoría imagina a una persona que se odia frente al espejo o que llora sola en su cuarto.
Pero la realidad es mucho más silenciosa que eso.
La autoestima baja no siempre grita. A veces susurra. Y lo hace de formas que parecen virtudes, costumbres inocentes o simplemente “tu manera de ser”. Tan integradas en tu día a día que ni las ves.
¿Y si lo que llevas años llamando “ser buena persona” o “ser perfeccionista” tiene algo más debajo?
¿Por qué es tan difícil reconocerlo?
Porque nadie te enseñó a identificarlo.
Creciste escuchando que la autoestima baja era llorar mucho, no atreverte a salir de casa o decirte cosas horribles delante del espejo. Así que cuando tú funcionas, trabajas, quedas con amigos y aparentemente “lo llevas bien”… asumes que no va contigo.
El problema es que la autoestima no es solo cómo te ves físicamente o cuánto te quieres en abstracto.
Es la convicción —o la falta de ella— de que mereces ocupar espacio. De que tus necesidades importan. De que puedes equivocarte y seguir siendo válido.
Y esa convicción puede estar rota sin que tú lo hayas notado todavía.
Cuando “ser buena persona” esconde otra cosa
¿Te cuesta decir que no? ¿Acabas siempre haciendo lo que los demás necesitan, aunque tú estés agotado?
Eso tiene un nombre: complacencia excesiva. Y no viene de ser generoso, sino del miedo.
Miedo a decepcionar. A que si dices que no, te van a querer menos. A que si pones un límite, la otra persona se va a enfadar y va a ser culpa tuya.
Reconócelo:
– Dices que sí cuando quieres decir que no
– Te sientes culpable si alguien se molesta contigo, aunque no hayas hecho nada malo
– Pones las necesidades de los demás antes que las tuyas de forma sistemática
– Cuando alguien te pregunta qué quieres, tienes que hacer un esfuerzo real para saberlo
Nada de esto es amabilidad. Es una estrategia de supervivencia emocional que aprendiste en algún momento porque necesitabas ser aceptado.
Y funciona. El problema es el precio que pagas.
El miedo al fracaso que se disfraza de perfeccionismo
¿Procrastinas proyectos importantes? ¿No mandas ese mensaje, no publicas esa cosa, no te presentas a esa oportunidad… porque “todavía no está listo”?
El perfeccionismo muchas veces no es querer hacerlo bien.
Es terror a hacerlo mal.
Y detrás de ese terror suele haber una creencia muy concreta: que si fallas, eso dice algo sobre lo que vales. Que un error no es algo que hiciste, sino algo que eres.
Así que mejor no intentarlo. Mejor esperar a estar “preparado del todo”. Mejor que el proyecto se quede en tu cabeza, donde nadie puede juzgarlo.
¿Te suena?
Las personas con autoestima sólida también cometen errores. La diferencia es que no los viven como una sentencia sobre su valor. Fallan, aprenden, siguen. Sin demasiado drama.
Cuando la autoestima está dañada, cada error potencial se convierte en una amenaza existencial. Y eso paraliza.
La comparación que nunca te deja ganar
Abres Instagram y en 30 segundos ya te sientes menos que tres personas distintas.
Pero no es solo en redes. Es en el trabajo cuando alguien recibe un reconocimiento que tú no tienes. Es cuando tu amiga cuenta que le va bien y tú, en lugar de alegrarte del todo, sientes algo raro en el pecho que no sabes muy bien cómo nombrar.
La comparación constante es agotadora. Y lo más curioso es que siempre juegas con las cartas perdedoras.
Porque no te comparas con alguien que esté peor que tú para relativizar. Te comparas con quien tiene lo que te falta, en el momento en que más lo sientes.
No es envidia, exactamente. Es que usas a los demás como espejo para medir tu propio valor. Y mientras sigas buscando fuera lo que no encuentras dentro, ese espejo siempre te va a devolver una imagen torcida.
Lo de los cumplidos (esto es importante)
Alguien te dice: “¡Qué bien te quedó eso!”
Y tú respondes: “Bueno, tampoco es para tanto, me ayudó mucho X” / “Tuve suerte” / “Uy, si vieras los errores que tiene…”
¿Por qué te cuesta tanto simplemente decir “gracias”?
Porque recibir un cumplido implica creerlo. Y si en algún nivel no te crees que mereces ese reconocimiento, aceptarlo se siente falso, incómodo o incluso peligroso.
Rechazar los cumplidos es una forma de mantener la imagen que tienes de ti mismo. Una imagen que, si es muy negativa, tu mente defiende con más energía de lo que te imaginas.
Fíjate en las próximas semanas. Cada vez que alguien te diga algo positivo, observa qué haces. ¿Lo recibes? ¿Lo desvías? ¿Lo quitases importancia antes de que pueda aterrizar?
Ese pequeño gesto dice mucho.
Por dónde empezar
No hace falta que lo cambies todo de golpe. Ni que te sometas a un proceso de “transformación personal” intenso para sentirte mejor.
Hay dos cosas pequeñas que puedes hacer esta semana:
Primero: empieza a notar, sin juzgar. Cuando te pillen diciendo que no cuando querías decir no, cuando evites algo por miedo al resultado, cuando rechaces un cumplido… no te machagues. Solo observa. La conciencia es siempre el primer paso.
Segundo: practica recibir. La próxima vez que alguien te diga algo positivo, quédate un momento con ello antes de quitarle importancia. No tienes que creértelo del todo. Solo date el permiso de no rechazarlo de inmediato.
La autoestima no se construye de una vez. Se construye en los pequeños momentos en que decides tratarte un poco mejor de lo que estabas acostumbrado.
Y si sientes que esto es demasiado para manejarlo solo, hablar con un profesional puede marcar una diferencia real. No porque estés roto, sino porque a veces necesitas a alguien que te ayude a ver lo que llevas demasiado tiempo sin ver.
Antes de cerrar
Si mientras leías esto has sentido que algo encajaba, que “eso me pasa a mí”… no lo ignores.
No hace falta estar rota para pedir ayuda. Solo hace falta darse cuenta de que llevas demasiado tiempo cargando con algo que no tenías por qué cargar sola.
Si quieres, cuéntame. Sin juicios, sin prisa.
Puedes escribirme o reservar una primera sesión. Me alegra que hayas llegado hasta aquí, valiente.
Una historia que quizás te suene
Laura llegó a consulta porque tenía “un poco de estrés”. Así lo llamaba ella.
Treinta y cuatro años, trabajo estable, pareja, amigos. Aparentemente, todo en su sitio.
Pero mientras hablábamos fue saliendo todo lo demás. Que llevaba meses sin decir que no a nadie. Que cuando su jefe la criticaba se pasaba la noche dándole vueltas. Que tenía empezado un proyecto que le ilusionaba muchísimo, pero que no había enseñado a nadie porque “le faltaba algo”.
“¿Y tú qué quieres, Laura?”
Se quedó callada unos segundos.
“No lo sé. Supongo que lo que necesitan los demás.”
Eso no es estrés. Es una persona que lleva tanto tiempo mirando hacia fuera que ya no sabe dónde está ella misma.
Y lo más importante: Laura no tenía ni idea de que todo eso tenía que ver con su autoestima.
Si te estás reconociendo en esto, aquí te cuento cómo funciona la terapia para la autoestima.
